"¿Cuántas veces con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas engañamos al diablo mismo?" "¿Qué significa eso?" "Con sangre entra..."
Me llamas a casa a las 11. Me dices que has tirado el móvil, que quieres cambiar de sitio la tele de tu cuarto, que vas a decir adiós a todos tus amigos, que te sientes solo, que me necesitas. Me invitas a salir. Me evitas el tema que nos ocupa, desvías mi atención y culpas a otra persona. No me gusta hablar por hablar pero tú, aún así, lo intentas. Me das las gracias y no las quiero. No quiero cotillear, no es asunto mío, lo mío es lo de ayer. Te callas y yo no me callo. Antes de irme, me preguntas qué voy a hacer. ¿Me estás echando otro problema encima? Te digo algo: a los que no me quieren, que sean felices... Y a los que me quieren, que sepan todo lo que en la vida les concierne. ¿Por qué? Pues porque les deseo lo mismo que quiero para mi.
No tiene miedo a las palabras, sabe que son tristes, amargas, pasionales y melancólicas. En la gardenia de su alma, conserva las más dulces y cariñosas. Sus ojos lo divisan todo, suben y bajan por cataratas de poesías... Y pasa las horas escuchando el eco de esas coloridas aguas.
Nunca se cansa de sobrevolar las montañas, viaja por atajos y siempre se queda para ver al sol diciendo adiós al campo. Su corazón guarda el botón que enciende la luna, en las noches más oscuras, cuando caminar por el sendero es como ir toda la noche de cementerio en cementerio, buscando aparejos para su pijama de "dormir tranquilo".
A menudo le duele el alma, sufre por naturaleza y de sus ojos brotan lágrimas que mojan las hojas de sus libros bohemios, solitarios y tristes, donde desploma las injusticias de sus nuevas marionetas. Ama el amor, taja la censura y el espanto y cuando lo rocía en sus folios, lo hace de la manera más natural y bonita.
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07 mayo 2010
¡Ay...! cuántas veces me habré preguntado, y siempre sin respuesta, si existirán algunos ojos curiosos de leer mis palabras, y si de haberlas leído éstas no les hubieran dicho nada, en el bullicio de tantas letras, pero...
"Y el tictac del reloj marca las horas, cuenta hacia atrás"
Enrique Bunbury
Bajo el olivo, el reloj cuenta las horas hacia atrás. Es muy difícil escribir una canción que diga la verdad sobre el pasado, y creo que es imposible hacerlo del futuro. Bajo el olivo, vale la pena escuchar música y arañarse el oído con canciones tristes, leer, llorar, dormir...
Ya ves, y me preguntas extrañada"¿por qué eres tan frío? Te recordaba más humano", y llego a la conclusión de que "antes disimularía mejor" esta misoginia avanzada. Pero el misógino no sólo muestra aversión o desconfianza por las mujeres, sino que deja ostensible su necesidad de ellas por encima de cualquier tipo de interés fútil.
No puedo ser mejor, ni menos cruel, "tápate la cara que mis palabras dejan señales... Y márchate", que no me merezco que no me reconozca ni mi padre, que nadie vea la mano de Dios en lo que hago, que no tengo yo la culpa, que no puedo... Que no soy yo.
Desde niño, en esta vida, he deambulado por desiertos y navegado océanos y no he escudriñado jamás mi redención --por tener tan claro que no la merecía que ni siquiera la quería en la bandeja ni en las manos de aquellos que en virtud tienen la responsabilidad de concederla--. Desiertos donde las únicas flores que existen están en la imaginación, donde lo más valioso del hombre es su recuerdo. Océanos donde las algas se apoderan de barcos que naufragan y los pies se hunden en aguas de discordia. Y creí llevar el tesoro más bonito del mundo en una botella conmigo, pero en mis labios secos y abiertos sentí resbalarse el último buche de agua clara por mis labios, mil colores de alegría y belleza que no calmaban esa sed ni eran capaces de humedecer mi boca, y una gota se escapó y no llegó a tocar el suelo, la olvidé antes de que entrara en contacto con las arenas del tiempo y se perdiera. El olvido es una canción que muerde cruelmente y no conoce el perdón, sólo entiende de agujas de deterioro y sátiros relojes, irónicos.
Siento amargura en cada nervio, en cada músculo, en cada hueso de mi cuerpo. Mis párpados claudican al sueño y es como si muriera. El día que no pueda más, me hartaré de escribir en el mar, y en el más apartado océano mi cuerpo será sal, pan y vino para los peces.
Hoy veo desde mi ventana cómo arde el mar: veo al petróleo romper sus olas contra la orilla de mi casa, que es un puerto lleno de rocas. Y así me convierto en testigo de mi infierno, y el crudo pinta las paredes y mi techo y los recubre con su capa oscura, y me aproxima cada vez más a este infierno del cual estoy tan cerca que pronto, muy pronto, fuego y oxígeno entrarán por mi ventana, prenderán mis estantes de madera, mi alma melancólica de paja se consumirá en la llama y se perderá en su posterior humo de nube negra, y arrasarán con todos mis libros, y tendré que despedir a mis recuerdos, mis tristes y angustiosos pesares: los peores antagonistas de mis mejores relatos.