
Desde niño, en esta vida, he deambulado por desiertos y navegado océanos y no he escudriñado jamás mi redención --por tener tan claro que no la merecía que ni siquiera la quería en la bandeja ni en las manos de aquellos que en virtud tienen la responsabilidad de concederla--. Desiertos donde las únicas flores que existen están en la imaginación, donde lo más valioso del hombre es su recuerdo. Océanos donde las algas se apoderan de barcos que naufragan y los pies se hunden en aguas de discordia. Y creí llevar el tesoro más bonito del mundo en una botella conmigo, pero en mis labios secos y abiertos sentí resbalarse el último buche de agua clara por mis labios, mil colores de alegría y belleza que no calmaban esa sed ni eran capaces de humedecer mi boca, y una gota se escapó y no llegó a tocar el suelo, la olvidé antes de que entrara en contacto con las arenas del tiempo y se perdiera. El olvido es una canción que muerde cruelmente y no conoce el perdón, sólo entiende de agujas de deterioro y sátiros relojes, irónicos.
Siento amargura en cada nervio, en cada músculo, en cada hueso de mi cuerpo. Mis párpados claudican al sueño y es como si muriera. El día que no pueda más, me hartaré de escribir en el mar, y en el más apartado océano mi cuerpo será sal, pan y vino para los peces.
Hoy veo desde mi ventana cómo arde el mar: veo al petróleo romper sus olas contra la orilla de mi casa, que es un puerto lleno de rocas. Y así me convierto en testigo de mi infierno, y el crudo pinta las paredes y mi techo y los recubre con su capa oscura, y me aproxima cada vez más a este infierno del cual estoy tan cerca que pronto, muy pronto, fuego y oxígeno entrarán por mi ventana, prenderán mis estantes de madera, mi alma melancólica de paja se consumirá en la llama y se perderá en su posterior humo de nube negra, y arrasarán con todos mis libros, y tendré que despedir a mis recuerdos, mis tristes y angustiosos pesares: los peores antagonistas de mis mejores relatos.
.