
Brillaba la Luna, acompañada de nubes blancas simulando trocitos de algodón.
Asomada a la ventana del avión, Carmen se mantenía despierta intentado encontrar el siguiente paso dentro de su nuevo destino. Pero era tarde y sus piernas mendigaban un descanso ya merecido.
Minutos más tarde, cuando el sueño ya se estaba apoderando del ambiente, suena el teléfono. Sobresaltada y asustada, pues nadie conocía su destino, responde a la llamada:
- ¿Diga? - pregunta con voz quebradiza
- ¿Carmen? ¿Carmen Keller?
- No, lo siento, no soy yo.
- Sé que eres tú. No me mientas. Sabía dónde encontrarte.
- ¿Quién eres? ¿Por qué sabías donde encontrarme? Voy a colgar...
- ¡Espera! No sé si me recordarás. Soy Cristina, fuimos compañeras en el colegio. ¿Sabes quién?
- Cristina, Cristina... ¿Cristina Godoy?
- Disculpe señorita, tiene usted que apagar su teléfono móvil.
- ¿Cristina? ¿Sigues ahí?
- Pi...
- Ha colgado... ¡Y encima llamó desde un número privado! Ya me llamará después... o eso espero.
El piloto aterriza. Llegan con cierto retraso debido a una escala obligatoria para llegar a su lugar de destino. Recoge su equipaje y sale a buscar una parada de taxis. La divisa al final de la calle, aunque hay que andar unos 500 metros.
Mientras recorre a paso ligero el camino, nota como un hombre corpulento y ataviado con gafas oscuras y maletín le sigue los pasos.
Acelera el paso y aquel desconocido aumenta también su velocidad. En cuanto Carmen llega al primer taxi, se sube corriendo y con voz nerviosa y casi trabando palabras, consigue indicarle al conductor que conduzca rápido, ya dirá ella cuando ha de parar.
Apenas unos segundos después, y recordando lo que sucedió allí afuera, se iniciaba una persecución por las afueras de una ciudad que, sin apenas haberla pisado, ya se había convertido en una pesadilla...